Sociales

Historias de miseria, hambre y desempleo: la esperanza de La Vela de Coro está varada en el Caribe

Cinco residentes del estado Falcón describen el impacto que ha tenido sobre la comunidad y sus propias vidas el cierre de la frontera con Aruba, Curazao y Bonaire, medida impuesta por el régimen de Maduro en febrero de 2019

Un siglo de intercambio con las islas del Caribe Neerlandés se ha visto interrumpido de forma abrupta. El mercado flotante dominado por venezolanos ha sido tomado por Colombia y República Dominicana. Unos mil marinos han perdido sus puestos de trabajo. Y alrededor de 9.000 hogares se han visto obligados a cambiar sus fuentes de sustento para sobrevivir, en medio de la emergencia humanitaria compleja que azota a la República Bolivariana.

El equipo de Crónicas del Caribe conversó con seis venezolanos residenciados en La Vela de Coro, estado Falcón, epicentro de las protestas que exigen reabrir las fronteras con el Caribe Neerlandés. Alejados del conflicto político, son la expresión de una crisis de carne y hueso.

“Perdí mi familia”

Juan Ollarves es un hombre de mar. Desde 1963 comenzó a cruzar el Caribe rumbo a Curazao y en 2019 pasó a desempeñarse como patrón de barco. Chequeaba la carga, verificaba la mercancía y dirigía su embarcación que salía desde el Puerto de La Vela.

“Cuando llegábamos a Curazao, nos recibían los distribuidores que son portugueses, y el resto de la mercancía iba para el mercado flotante, siempre la mercancía venezolana ha sido considerada la mejor”, dice con orgullo.

A sus 79 años de edad, con 15 hijos y 36 bisnietos, reconoce que su patrimonio lo obtuvo viajando con esfuerzo y siempre con sus documentos en orden.

Juan Ollarves y su familia sufren las consecuencias del cierre de fronteras con el Caribe Neerlandés

Semanalmente chequeaba entre 18 y 20 toneladas de frutas y hortalizas provenientes del interior de Venezuela. A veces, recuerda Ollarves, se cargaban los barcos con más de 15 toneladas de patilla. Después de 2004, empezaron a despachar “carga seca”, esto es, galletas, refrescos, chicha y jugo. Hasta exportaban agua potable para abastecer a Curazao.

La gente compraba los productos venezolanos en cada barquito, así como alguien aquí compra en cada tienda en los mercados municipales, solo que allá es en el mar”, relata.

Desaparecidos

El cierre de la frontera decretado por Maduro lo tomó por sorpresa. Su calidad de vida se vino a pique, así como sus ingresos. Pronto el desespero empezó a sentirse en su hogar y miembros de su familia resolvieron zarpar clandestinamente para Curazao el 7 de junio del 2019.

Se fueron porque no sabían qué hacer. Para el mercado marítimo enviaban conmigo dulces de leche que yo vendía en Curazao, así vivíamos. Otros vecinos enviaban alpargatas, hamacas, cualquier cosa y los ayudaba para comer”, comenta.

Lamentablemente, aquella embarcación jamás llegó a su destino y hoy 32 migrantes venezolanos permanecen desaparecidos. Ollarves no se quedó con los brazos cruzados. Recorrió parte de las costas de los estados Falcón, Carabobo y Aragua, sospechando que sus familiares estaban secuestrados por una banda criminal. Caminó días enteros con fotos de sus seres queridos. Preguntó y no halló nada.

“El gobierno me quitó el trabajo y a miembros de mi familia. La gente sale clandestinamente porque a pesar del miedo, quiere irse. Si me quiero ir yo que tengo casi 80 años porque aquí no hay comida”, admite.

“Si no fuera por mi esposa…”

Julio Leoni trabajó como marino por más de 18 años. Ganaba hasta 2.500 dólares al mes por cada viaje a Curazao. Mientras él navebaga, su esposa ejercía la docencia en tierra firme. En sus viajes compraba ropa para sus hijos, comida y medicinas.

El cierre de la frontera lo dejó sin empleo y su esposa tuvo que asumir la economía del hogar, mientras él sigue reinventándose para ayudar a la familia. “Si no fuera por mi esposa no subsistimos, nos ayudamos con su sueldo”, reconoce este hombre de 47 años.

Para Leoni es doloroso ver a la mayoría de los pescadores y lancheros forzados a convertirse en vendedores informales. Aquí hay un pueblo que está pasando hambre. Las fronteras abiertas con las islas fortalecían a La Vela y al país. Ahora en el muelle tú ves a maestros vendiendo pescados, y a pescadores cambiando un kilo de pescado por pan o harina para comer en el día”, expresa con pesar.

El corredor turístico del Puerto de La Vela se ha ido apagando durante los últimos dos años. Restaurantes, discotecas, posadas y pequeños hoteles dejaron de existir, mientras la soledad se apoderó del paseo Generalísimo Francisco de Miranda.

“Cuando cerraron la frontera tuve que venirme para no quedarme ilegal en Aruba, aquí pesco y con eso medio vivo. Cuando viajaba para Curazao no solo nos beneficiábamos los marinos, sino también la comunidad de La Vela. Nos ayudábamos y todos ganábamos”, sostiene José Reyes, quien pasó 14 de sus 54 años de vida laborando en el mercado flotante.

En ruinas

El pueblo está en la ruina”, sentencia Aura Cabrera, de 87 años. Su casa está ubicada a pocos metros del sector Sixto Lovera de La Vela. Por años alquiló toldos, sillas y baños para los turistas y marinos que venían de Curazao.

“Esto que vivimos es una cosa rara, estamos en la hambruna, el pueblo nunca había estado como está. Hombres viejos pidiendo un plato de comida, hasta el orgullo lo hemos perdido porque antes pedir era una vergüenza. Jóvenes robando a montón por culpa de la necesidad”, expone la señora Cabrera mientras se fuma un cigarrillo viendo al mar.

El cierre de la frontera marítima ha afectado a miles de trabajadores y familias en la costas falconianas

Recuerda que cada vez que llegaban los barcos, los marinos celebraban el éxito de sus viajes en el popular restaurante El Barigua. “El barco llegaba y era una alegría para el puerto, los marinos amanecían hasta el día siguiente tomando y bañándose en la playa, la llegada del barco empujaba a otros a vender empanadas, jugos y golosinas, pero ya eso no existe. El cierre de las fronteras fue un golpe muy fuerte, la mayoría de la gente del puerto vivía de los viajes a Curazao”, asegura.

Sin ayuda

La hermana de Olga Berrío tiene ocho años en Curazao. Trabaja en una iglesia cristiana. Desde 2018 enviaba 25 cajas con ropa, calzados, comida y medicinas para brindar asistencia social a las comunidades más desposeídas del municipio Colina. Más de 2.000 familias no han vuelto a recibir esa ayuda humanitaria.

Berrío, de 37 años, trabaja en un restaurante fundado en 2016. El local se destacaba por brindar menús para los marineros, navieras, pescadores y viajeros que iban y regresaban de las islas.

El establecimiento contaba con cinco cocineras, mesoneros y el servicio de limpieza. Sin embargo, el negocio familiar se desplomó cuando el intercambio comercial fue interrumpido.

“El cierre de fronteras antes de la pandemia fue lo peor que ha hecho el gobierno de Maduro. Esa decisión nos afectó en todos los aspectos, pues mi otra entrada era lo que se traía de las islas”, detalla Berrío.

Lazos rotos

Celso Martín es un reconocido locutor y comentarista en La Vela de Coro. El régimen chavista le prohíbe expresarse con libertad a través de los medios de comunicación dentro y fuera del puerto. Las presiones sobre las estaciones de radio lo obligaron a terminar con nueve proyectos comunicacionales.

El cierre del intercambio con el Caribe Neerlandés ha golpeado la actividad comercial en Falcón

Al margen del cierre de la frontera, Martín apunta que otros factores han deteriorado la posición de Venezuela en el Caribe. “Yo iba mucho para Curazao, llegué a viajar en el ferry cada 15 días y entendí que el curazaleño dejó de venir a Venezuela por la inseguridad. Aquí en La Vela con cloacas desbordadas, con crisis de agua, calles oscuras y apagones, cómo vamos a promover el turismo”, se pregunta el locutor de 63 años.

“Antes las islas dependían de nosotros por comida, material y obreros de construcción, pero ya no es así”, finaliza Martí.

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