Migración

Manipuladas y explotadas: dos venezolanas cuentan sus historias de abusos trabajando en bares de Curazao

Huyendo de la crisis que sacude a Venezuela, cayeron en manos de mafias que les prometían trabajo en la isla. Los relatos dejan en evidencia la existencia de una red de trata de personas y corrupción que se aprovecha de las necesidades de las víctimas

Ana Chirinos —nombre cambiado a petición— de 27 años de edad, madre de dos niños y oriunda de Las Calderas, estado Falcón, subió al avión de la línea Avior Airlines en abril de 2018, luego de que una amiga que reside en Curazao le ofreciera una oportunidad de trabajo en la isla.

Antes de abordar la aeronave, Ana esperó tres horas en el aeropuerto internacional Josefa Camejo de Punto Fijo, estado Falcón, con órdenes explícitas de negar las intenciones de su viaje frente a las autoridades.

El traslado se planificó en tres días. La logística del viaje corrió por cuenta de su amiga y de dos curazoleños que se encontraban en Falcón. La joven recibió mil dólares para justificar su manutención en la isla ante el personal de migración y cubrir el costo del boleto, un mes de alquiler y comida para las primeras dos semanas.

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“Salimos de Coro a Punto Fijo. Al llegar al aeropuerto, una chica me prestó los dólares para pasar migración. Me aconsejaron no decir nada mientras estuviera en el aeropuerto, no podía comentar que iba a trabajar como me prometieron”, relata a Crónicas del Caribe.

A pagar

Una vez aterrizó en la isla, comenzó a trabajar con su amiga en un bar ubicado en la calle Cubaweg, famosa por albergar a mujeres venezolanas. Ana aceptó el compromiso de pagar en tres meses la deuda pendiente por su viaje. Para cumplir con su palabra, tenía que vestir ropa ajustada, renunciar a su privacidad, someterse a un horario de trabajo de 12 horas y usar sus atributos para vender en las noches fichas de bebidas a clientes haitianos, holandeses, alemanes y latinos.

La dueña del bar es colombiana y allí trabajábamos 40 mujeres, todas venezolanas”, recuerda. Cuenta que el dinero lo administraba la propietaria del local y las muchachas solo tenían derecho a las propinas, que principalmente destinaban a cancelar los servicios, enviar remesas al país y comprar alimentos.

La mayoría de las mujeres vivían en el mismo inmueble donde funciona el establecimiento. “El edifico es de dos pisos, arriba las habitaciones y abajo el negocio. No tienes para donde ir y si amaneces enferma, igual te obligaban a bajar al negocio porque tienes que pagar la deuda, comenta.

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Aunque las venezolanas que laboran en la avenida Cubaweg no están obligadas a prostituirse, las circunstancias las empujan a caer en esta práctica.  “Mientras le debes dinero a la dueña del bar, aguantas el abuso y no tienes derecho a pedir protección porque te deportan, y necesitas continuar para ayudar a la familia en Venezuela”.

Ana logró cancelar su deuda en un mes, pero fue echada de la residencia tras una pelea con la dueña del bar. Durante 28 días durmió en casa de algunos venezolanos sin opción a un refugio o atención oficial por miedo a la policía. Al final, retornó a Venezuela en 2019 y recientemente intentó volver a la isla por vía marítima, pero el plan se frustó a última hora.

Por hambre

La emergencia humanitaria compleja que padece Venezuela ha provocado una de las peores crisis migratorias en la historia de la región, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Al cierrre de 2020, unos 17 mil venezolanos habían sido acogidos por Curazao, de acuerdo con el Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes de Venezuela (RMRP). Se espera que la cifra ascienda a 22 mil este año, a pesar de las restricciones legales, el cierre de las fronteras y el impacto de la pandemia del covid19.

Informes destacan las amenazas que enfrentan las mujeres que emigran

Más de 40 millones de personas en el mundo viven bajo la condición de “esclavos modernos”, expone el informe GSI (Índice Global de Esclavitud). La esclavitud moderna se refiere a toda condición de una persona que es obligada a trabajar sin derecho a negarse, bajo amenazas y abuso de poder. Su principal causa es la pobreza.

Oferta engañosa

Una “oferta de trabajo” similar captó la atención Verónica Cobis —nombre ficticio a solicitud—, de 23 años de edad. Antes de conocer la propuesta que provenía de Curazao, ya estaba considerando abandonar el país y dejar a su hijo de 2 años en manos de sus abuelos. Desesperada por la crisis económica, pensaba emigrar para brindarle una mejor calidad de vida a su niño.

Me preguntaron si estaba dispuesta a ir a Curazao y respondí que sí. Ni siquiera pensé en quién podría atender a mi hijo. Yo sólo pensé que tenía una oportunidad. Me dijeron que en el aeropuerto de Punto Fijo me comunicaría con un curazoleño”, detalla Verónica, nacida en Coro, la capital de Falcón.

Voló en octubre de 2017. Trabajaría en una discoteca y, a cambio, los organizadores del viaje se comprotieron a garantizar su estadía por unos tres meses. “A mí me trajo una persona que en ese momento reclutaba mujeres venezolanas para venir a Curazao. Pagaban el pasaje y te daban una reservación en un hotel, que era falsa, para que creyeran que venía como turista por una o dos semanas”, explica a Crónicas del Caribe.

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El pago de su pasaporte se autorizó desde una cuenta registrada en Panamá. No se trasladó sola. La acompañaron otras tres jóvenes. Se mudó con poco equipaje y sin dólares en la cartera. Dice que superó los controles gracias a “la influencia de un curazoleño”. Ya en el lugar, le informaron que tenía que cancelar una deuda de 1.600 dólares.

La historia se repite

Al igual que Ana Chirinos, Verónica se vio obligada a cancelar la deuda ajustándose a las exigencias de la dueña de la discoteca. Su horario era desde las 7:00 pm hasta las 4:00 am. El dinero por las fichas de alcohol que vendía tenía como fin pagar el pasaje, la reservación falsa del hotel, el alquiler y los primeros meses de comida.

“Prácticamente fui una compañera en la discoteca para muchos hombres haitianos, curazoleños y holandeses. Todos llegaban buscando mujeres venezolanas y les ofrecían 200 florines (112 dólares). Yo ganaba dinero con las propinas y, a veces, los clientes me regalaban entre 20 y 30 dólares porque a mí no me quedaba nada, ni para comer”, lamenta.

Luego de tener un altercado con la dueña de la discoteca, Verónica se quedó sin trabajo por un par de semanas. Después consiguió un puesto como ayudante de albañilería, pero terminó siendo estafada. A pesar de toda esta experiencia, ella sigue en Curazao y se niega a regresar a Venezuela.

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