Migración

Cárcel, huelga de hambre y extorsión: la historia de un venezolano que fue deportado desde Curazao

Luego de probar suerte en Colombia y Aruba, se subió a una embarcación y se trasladó a Willemstad. A partir de allí comenzó una cadena de abusos que no terminó ni siquiera al retornar a su país natal

Tiene 43 años de edad y nació en Coro, estado Falcón. En la entrevista con Crónicas del Caribe se presenta como José Marcano, pero aclara que esa no es su verdadera identidad. Pide ocultar su nombre por miedo a ser perseguido por el Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (Conas), que está tras la pista de deportados como él para identificar a los organizadores de los viajes clandestinos hacia las islas del Caribe Neerlandés.

Es padre de familia. Durante 10 años trabajó como supervisor y jefe de hidrocarburos de Petróleos de Venezuela (Pdvsa) en las instalaciones del Complejo Refinador Paraguaná de Amuay y Cardón. A consecuencia de la progresiva destrucción de la industria petrolera nacional y la desmejora de su calidad de vida,  emigró a Colombia en 2018.

“Viví ocho meses en las ciudades de Medellín y Cúcuta. Aunque en ese momento hubo mucha xenofobia y acoso por parte de funcionarios de migración, logré conseguir mi permiso de permanencia y un puesto de trabajo. Sin embargo, el salario no me alcanzó para enviar dinero a Venezuela y resolví viajar desde Medellín hacia Aruba”, cuenta Marcano el inicio de su periplo.

Rumbo a Aruba 

Llegó a Aruba el 18 de noviembre de 2018, con muchas ilusiones, pero sin papeles. Allí ofreció sus servicios en obras de albañilería y refrigeración, dos de los oficios mejor pagados para los migrantes latinos. La experiencia no fue fácil. “Los atropellos y las malas experiencias vinieron de los mismos latinos que tienen documentos en regla, son ellos quienes menosprecian y explotan a sus paisanos ilegales”, expresa indignado.

Residió en Aruba durante 15 meses, hasta que sufrió un accidente laboral. Su situación migratoria irregular le limitó el acceso al sistema de salud de la isla. Señala que los costos para atender una urgencia oscilan desde los 5 mil hasta los 10 mil dólares, dependiendo de la gravedad. Ante esta realidad, no le quedó más remedio que volver a casa vía aérea. “A pesar de estar ilegal, solo cancele mi pasaje de regreso, no ocurrieron mayores contratiempos”, asegura Marcano.

Nueva vuelta

En Venezuela lo intentó, pero no tuvo suerte. “Ninguna idea de negocio prosperaba, invertí lo poco que pude traer de Aruba, todo se me acabó y nada funcionó”, confiesa sin disimular su frustración.

Desesperado por la crisis económica, aceptó la propuesta de viajar en una lancha rumbo a Curazao desde el puerto de La Vela, situado en el estado Falcón.

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El traslado tuvo un costo de 500 dólares hasta tierra firme. Pero la Guardia Costera de Willemstad interceptó a la embarcación y capturó a los migrantes ilegales en la la madrugada del 15 de octubre del 2020.

La prensa local reseñó que los funcionarios se percataron de que la lancha estaba en mal estado y, al final, detuvieron a Marcano junto con otros 26 venezolanos en un centro donde mantienen a los indocumentados hasta la fecha de su deportación.

Hambre de justicia

“Me encerraron en una celda que tiene espacio para cuatro personas, pero en total éramos cinco, en su mayoría venezolanos. Cuatro dormían en camas individuales y un compañero en el piso. En total, unas 40 personas estábamos en aquel lugar”, recuerda el antiguo trabajador de Pdvsa.

El 20 de diciembre de 2020, Marcano trató de huir del establecimiento con otros 16 venezolanos, pero el grupo fue sorprendido por funcionarios policiales. “Me trasladaron al centro de reclusión llamado Barak Di Ilegal con otros indocumentados. Ahí sufrí un maltrato más severo, no nos dejaban dormir en las noches, entraban y alumbraban nuestra cara, nos requisaban a cada rato, hacían ruido y nos servían comida en mal estado, por eso iniciamos una huelga de hambre”, cuenta.

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Marcano y sus compañeros de prisión realizaron la protesta por cinco días y denunciaron públicamente los abusos que padecían, buscando de esta manera ejercer presión sobre el gobierno de Curazao para gestionar un vuelo humanitario. En esta fase contaron con el apoyo de la fundación Human Rights Defense Curacao, que presta asistencia legal y defiende los derechos humanos de los refugiados.

Luego de la huelga de hambre, la situación mejoró”, reconoce. Después de todo este suplicio, el 21 de febrero de 2021 aterrizó en el aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía.

Apátrida

Marcano detalla que les aplicaron la prueba de COVID-19 de forma gratuita, revisaron el equipaje y pasaron a manos de agentes de Interpol. “Todo este procedimiento se extendió desde las 9 de la noche hasta las 5 de mañana”.

La lentitud de los trámites habría obedecido a fallas en el sistema. No obstante, comenta, “los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) pedían 50 dólares para salir rápido de las colas y ser enviados para Coro”.

Lejos de recibir la bienvenida, las humillaciones continuaron en su tierra natal. “A cada quien le preguntaron por qué nos fuimos de Venezuela y nos llamaban apátridas”, describe con rabia.

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Los familiares de los deportados alquilaron una buseta para trasladarse a Coro, mas la unidad de transporte nunca llegó. Un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) dijo que se encargaba del viaje a la capital falconiana a cambio de 800 dólares. Cansados y a kilómetros de su hogar, los deportados aceptaron la “oferta” del militar. 

“Nos llevaron a unas oficinas para tramitar el permiso de circulación porque durante esos días no se podía transitar en la carretera nacional porque era semana radical (confinamiento por la pandemia). Luego, con la excusa de un chequeo rutinario, nos decomisaron el teléfono celular, nos metieron en un cuarto pequeño y nos chantajearon hasta que pagamos entre todos 1.000 dólares y cesó el psicoterror”, detalla.

De acuerdo con su testimonio, los funcionarios los habían amenazado con juzgarlos por el delito de trata de blancas si no cancelaban la coima.

Superados los obstáculos, Marcano arribó a su casa la noche del 22 de febrero de 2021. Así culminó la odisea que lo llevó a arriesgar su vida en alta mar, conocer las penurias de la cárcel y soportar el abuso y la extorsión de funcionarios militares y policiales. El sueño de emigrar convertido en la pesadilla de la deportación.

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